
Mucha tinta se ha escrito ya sobre como alimentarnos correctamente y cómo ser más sostenibles con los recursos de nuestro planeta. Una sociedad cada vez más consciente, en un continuo e imparable proceso del despertar de la consciencia, se cuestiona si realmente estamos obteniendo esa energía que necesita nuestro cuerpo físico, y si la conseguimos de unos alimentos que verdaderamente nos benefician. ¿Qué comer, qué beber, en qué cantidades, cuándo y cuántas veces hacerlo en el día?… Quién no se ha hecho esas preguntas alguna vez. Voy a intentar aportar mi pequeño granito de arena sobre cómo creo que debería ser una alimentación más adaptada a nuestro proceso consciente, para poder obtener el mayor beneficio para nuestro cuerpo y nuestra mente, consiguiendo una perfecta armonía mente-cuerpo-espíritu.
Pienso que en realidad nuestra alimentación debería basarse en un continuo proceso de escucha activa y consciente de nuestro cuerpo, ser honest@s con lo que realmente necesitamos y qué es aquello que sinceramente me sienta bien, alejándonos de vicios y falsas dietas milagro y recetas mágicas que tanto nos prometen mejorar nuestra salud. Nuestra alimentación y con ello nuestra salud debe empezar, como os digo, desde un trabajo de autoconocimiento, o mejor dicho, de un reconocimiento interior, volver a conectar con nuestro cuerpo que tenemos en ocasiones olvidado y del cual solo nos acordamos cuando enfermamos, para luego volver a tirar de esas recetas milagrosas que nuevamente buscamos externamente.
Pues bien, pienso que una alimentación consciente debería basarse, además de esa escucha activa interior, en una reconexión con la vida y nuestra verdadera energía. Y ¿cómo hacemos eso?, ahí es donde deberíamos aplicar la consciencia, debemos ser conscientes de nuestra verdadera esencia, eso que hemos olvidado hace tiempo, preguntarnos quiénes somos realmente… esa Vida que inevitablemente se abre camino en nuestro Ser interior. Llegar a ella no es fácil, en este mundo del olvido, reconectarnos es complicado, pero aún así, es aquí donde tenemos las mejores oportunidades de recuperar la memoria del Ser, sabiendo ver y sentir los mensajes que nuestro cuerpo nos va dando. Una alimentación consciente debe ser una alimentación viva, una alimentación que avive esa llama vital interna, hay que comer literalmente Vida. Vamos a ello:
La importancia del pH.
La sigla significa potencial de hidrógeno. El pH es una medida de acidez o alcalinidad de una disolución acuosa. Indica la concentración de iones de hidrógeno presentes en determinadas disoluciones. Su escala se mide de 0 a 14, siendo 7 el punto neutro, de 0 hasta 6.9 los ácidos y a partir de 7 las bases (alcalinidad). Hay que entender que el ion hidrógeno (H+) es muy reactivo; puede unirse con proteínas con carga negativa y, cuando se encuentra en concentraciones elevadas, puede alterar su carga, su configuración y su función. Por lo tanto tener una alta concentración en sangre de estos iones hidrógeno equivale a una elevada acidez y con ello se contribuye a un desajuste en la función de las proteínas de nuestro organismo.

El pH de una persona sana oscila normalmente entre 7,35-7,45, así entonces deducimos que la tendencia general de nuestro organismo es hacia la alcalinidad, y que deberíamos mantener nuestro nivel de pH entorno a 7,4 para disfrutar de un cuerpo saludable.
Un exceso de acidez (pH < 7,35) disminuye progresivamente la capacidad de nuestro organismo para absorber nutrientes esenciales, y disminuye también la capacidad de nuestros órganos para desintoxicarse de los metales pesados y sustancias tóxicas generadas en los procesos metabólicos, dificulta la oxigenación celular, aumenta la retención de líquidos y además nos predispone a una mayor degeneración de nuestros órganos. Esos ácidos se depositan principalmente en el tejido conectivo o articulaciones, hasta que se restaure el aporte alcalino, produciendo que nuestro cuerpo tenga que «robar» minerales alcalinos (sodio, potasio, calcio y magnesio) de la sangre, huesos, cartílagos, y músculos, para evitar trastornos más graves. Es decir, nuestro cuerpo nos «autosabotea», robándonos nutrientes con el objetivo de restablecer el equilibrio ácido-alcalino que permite el correcto funcionamiento del organismo, lo que busca es literalmente sobrevivir a la agresión que sufre.
También el exceso de alcalinidad (pH >7,45), lo que se conoce como alcalosis, provoca desajustes como arritmias, insuficiencia cardíaca o problemas renales, problemas de anemias o déficit vitamínicos, entre otras dolencias.
Cómo mantener un pH adecuado.
Y aquí es donde está la clave, ¿qué hago para mantener mi pH sanguíneo en esos niveles que son considerados saludables?. La respuesta la encontramos principalmente en lo que comemos, lo que respiramos y en nuestras emociones. Hay alimentos que aumentan nuestra acidez o alcalinidad, también la contaminación ambiental influye en ese aumento de iones hidrógeno en sangre, además de crearnos multitud de enfermedades respiratorias, y por último nuestras emociones, eso que llamamos estrés influye en un desequilibrio de nuestro pH.
Por lo tanto es fácil comprender que vigilando estos tres factores principales (alimentación, medio ambiente, emociones) obtendremos un beneficio para nuestro organismo, repercutiéndonos en una mejora en nuestra calidad de vida, recordemos que «Mens sana in corpore sano», hay que vivir en equilibrio y armonía entre mente-cuerpo-espíritu.
Alimentación alcalina.
No voy a saturaros en recomendaros dietas ni consejos sobre lo que considero que deberíais o no comer, ni en qué cantidades ni cuando, ni voy a hablaros sobre los beneficios o no del ayuno. Solo quiero que entendamos que cada uno somos un universo, con nuestras propias necesidades y en nuestro particular proceso de aprendizaje. Así que si somos conscientes de como actúa nuestro organismos, y atendemos a lo que hemos aprendido en los párrafos anteriores, tendremos las herramientas necesarias para poder explorar y conocer qué nos beneficia y qué no.
Particularmente entiendo, que si nuestro organismo es tendente a cierta alcalinidad, quizás deberíamos tomar en mayor medida esos alimentos que nos aporten alcalinidad, y en menor medida aquellos que nos aporten acidez. Para mí, en mi opinión, y dependiendo de la edad claro está, el porcentaje debería estar en consumir aproximadamente un 80% de alimentos alcalinos y un 20% de alimentos ácidos. Como ejemplo de éstos tendríamos los siguientes:
Algunos alimentos ácidos serían:
- Azúcares refinados
- Lácteos
- Carnes
- Pescados
- Vinagre de vino
- Frutos secos tostados
- Alimentos procesados
- Cereales refinados
- Aceites cocinados, refinados, de palma y margarinas
- Café, refrescos, alcohol y bebidas carbonatadas
- Edulcorantes artificiales, conservantes.
- Salsas procesadas
- Sales refinadas
Algunos alimentos alcalinos serían:
- Verduras y hortalizas
- Legumbres
- Frutas naturales
- Almendras crudas
- Perejil, cilantro y menta
- Cebolla, ajo y nabo
- Aceite de oliva virgen extra y de coco
- Bayas de Goji
- Agua (sin exceso de cloro)
- Té verde
- Jengibre
- Algas
- Sal marina natural.

No hay que olvidar, y para mí sería lo más importante y difícil, el intentar consumir dentro de lo posible aquellos alimentos que tengan aún vida, y ¿a qué me refiero con esto?. Voy a poner un ejemplo, seguro que alguna vez hemos visto un huerto con sus pimientos, berenjenas, lechugas y tomates, esos huertos en los que se trabaja la tierra con respeto, libre de sustancias contaminantes para las plantas y el suelo, manteniendo limpio el entorno donde crecen y donde se trabaja para conseguir unas frutas, verduras y hortalizas que sean lo más sanas posibles y respetuosas con el medio ambiente y la salud. Ese alimento vivo que os digo tiene brillo propio, y digo literalmente brillo, pues cuando recoges el fruto directamente de la planta solo hay que observar y comparar el brillo que aún posee comparado con otro que tenemos almacenado en el frigorífico días anteriores, pues el fruto cuando se recolecta va perdiendo energía, se va apagando y pudriendo, muere poco a poco. Aquí es donde hay que ser conscientes que, para alimentarnos bien, no debemos olvidar que somos esa energía de compartimos con todo lo que nos rodea y debemos estar en consonancia con ella, somos vida y la vida es nuestro alimento. Hay que injerir esa energía viva que nos aportan esos alimentos, que éstos nos aporten vitalidad y nos hagan «brillar» y fortalecer esa luz propia que tenemos. Ahí es donde cobra importancia la frescura del alimento, intentar que no pierdan esa energía y consumirlos lo antes posible desde que fue recolectado, además de cuidarse de los productos tóxicos que puedan contener (pesticidas).

Con respecto al pescado, decir que su consumo hoy en día debería ser moderado, y consumirlos lo más fresco posible. Si bien representan una fuente importante de nutrientes, cada vez más nuestros mares presentan altos niveles de contaminación por metales pesados y microplásticos y en consecuencia estos acaban en nuestro organismo, evitar el consumo excesivo de pescados como el atún, pez espada, mero, cazón, etc… ayuda a limitar la absorción de estos tóxicos.
En lo que se refiere a la carne, su consumo debería ser también moderado. Es evidente un uso excesivo de antibióticos en la ganadería actual, donde España es el primer país de Europa en consumo de antibióticos de la industria ganadera: más de 3.000 toneladas al año, además del uso de hormonas de crecimiento de forma excesiva o que escapen a los controles preceptivos, deberíamos con ello adoptar una forma de ganadería extensiva más sostenible que la intensiva, donde se pueda mejorar las condiciones de vida de los animales en las explotaciones, aumentando la higiene y reduciendo su estrés. Es necesario un cambio de paradigma para hacerlo más sustentable, que se adapte mejor a nuestra consciencia actual de bienestar animal.
Saber combinar los alimentos es también importante, pues las enzimas alcalinas como las amilasas (es una enzima que ayuda a digerir los carbohidratos, se produce en el páncreas y en las glándulas salivales) no trabajan bien en ambientes ácidos, así pues si injerimos carbohidratos (patatas por ejemplo), en los que actúan las amilasas, con carne en la que actúa la enzima pepsina se provocaría una neutralización de la actividad de esas amilasas en el estómago e intestino, haciendo que esos carbohidratos no se digieran correctamente, pues el pH de los jugos gástricos es de 1,2-2,2. Como regla general no es bueno combinar hidratos de carbono (azúcares) con proteínas, ni alimentos ácidos (tomate, limón…) con hidratos de carbono.
Para una mayor comprensión sobre la combinación de los alimentos recomiendo el libro del Dr. Herbert M. Shelton sobre las reglas que rigen las compatibilidades alimentarias.

Frutas ácidas: pomelo, naranja, lima, tomates, ciruela, mandarina, kiwi, etc.
Frutas semiácidas: duraznos, damascos, frutillas, cerezas, ananá, melón, sandía, mango, papaya, uva, pera, etc.
Frutas neutras: manzanas
Frutas desecadas: pasas de uva, dátiles, higos secos, orejones, etc.
Frutos oleaginosos (secos): aceitunas, almendras, avellanas, nueces, maní, sésamo, etc.
Verduras: acelga, espinaca, coliflor, lechuga, repollo, brócoli, radicha, radicheta, escarola, berro, brotes de alfalfa, etc.
Hortalizas, berenjena, alcaucil, calabaza, pepino, rábano, zanahoria,
remolacha, ají, etc.
Feculentos: papas, boniatos, mandioca, banana,
Cereales: trigo, trigo morisco, arroz, cebada, centeno, maíz, avena y sus respectivas harinas integrales.
Legumbres y brotes de legumbres: lentejas, garbanzos, porotos, soja, arvejas, habas, etc.
Lácteos no humanos: leche, queso, yogur, manteca, etc. (deben excluirse)
Contaminación ambiental
Con respecto a la contaminación de nuestro entorno, es responsabilidad de cada uno y como sociedad, mantener el medio ambiente lo más limpio y depurado posible, cuidando la calidad del aire de nuestras ciudades, usando medios de transporte públicos y sostenibles, aplicando fórmulas eficientes de reciclaje y sostenibilidad de los recursos disponibles, promoviendo hábitos y actividades educativas de respeto por la naturaleza y el entorno. No somos los dueños del planeta, pertenecemos a él, y debemos respetarlo y amarlo, hay que lograr esa conexión desde nuestro bienestar interior hacia fuera.
Emociones

Es indiscutible que hoy en día el control de nuestras emociones juegan un papel fundamental en equilibrio de nuestro organismo. Saber «digerir» correctamente estas emociones que nos causan bloqueos y nos impiden llevar una vida normal y que son causa de enfermedades de todo tipo, debería ser una prioridad en nuestra sociedad. Desde nuestra infancia se hace muy poco hincapié en este sentido, y aunque hay actualmente muy buenos profesionales, y somos cada vez más conscientes de lo que es el bienestar emocional, vemos con más claridad que hay un abuso generalizado de la farmacología. Como profesionales, creemos que es primordial crear un tejido social basado en una educación que nos ayude a integrar desde la infancia una inteligencia emocional que sea la base de nuestro bienestar futuro. Y por supuesto que siempre hay y habrá personas que estamos dispuestas a brindar el apoyo necesario para todos aquellos que lo necesiten.
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